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Lo que nuestros hijos aprenden de nosotros mucho antes de sentarse al volante.
El viaje de mi casa a la escuela de mis hijos es largo. Los días que ellos tienen clase usualmente estoy en mi carro de 2 a 3 horas en la carretera. Y, a pesar de que son aproximadamente solo 16 millas de distancia, el tapón lo convierte en una prueba de resistencia.
He desarrollado un ritual para enfrentar la carretera. Tomo unos segundos para invocar asistencia divina para manejar lo que me tope en el camino, me persigno y, en honor a mi abuela, repito sus palabras: “En el nombre de Dios y la ‘visne’, que lleguemos bien a nuestro destino”. Recuerdo que cada vez que le decía a mi abuela que se pronunciaba Virgen, me daba una mirada que me hacía entender que era momento de callarme.
Mi impresión es que guiar en las calles de Puerto Rico se ha convertido en un reto mayor que me carga más emocionalmente. Y no es que en el pasado haya sido algo placentero, porque siempre ha tenido sus riesgos, pero en la actualidad se siente más hostil y agresivo. Una opinión que comparten mis amistades y muchos pacientes.
No importa qué tan cerca o lejos sea mi destino, siento un poco de ansiedad antes de partir. Se ve y se siente en las carreteras rurales y en el expreso. Carros a alta velocidad, conductores zigzagueando entre vehículos, otros que se meten en mi carril sin apenas dejar espacio y esa hostilidad que a veces parece apoderarse de nosotros en medio del tapón.
En la actualidad le estoy enseñando a mi hija a conducir. Ya tiene su licencia de aprendizaje. Ya sé lo que se siente estar en el asiento del pasajero mientras ella aprende a manejar. Le he ido enseñando por fases. Ya fuimos al estacionamiento del centro comercial más cercano, ha dado varias vueltas por la urbanización y hasta condujo un domingo en la mañana por un tramo del expreso.
Ella tiene mucho interés por aprender a conducir. Eso me llevó a preguntarme si los adolescentes de su generación mantienen el mismo interés por guiar que teníamos nosotros. Para mi sorpresa, cuando busqué información encontré que, al menos en Estados Unidos y otros países, los jóvenes han tendido a obtener sus licencias más tarde que generaciones anteriores. Mi hija, por lo pronto, parece estar entre los que todavía esperan con entusiasmo ese momento de tener las llaves en sus manos.
Dentro de esta nueva realidad de que mi hija tiene su licencia de aprendizaje, pasan muchas cosas por mi mente cada vez que veo a alguien en la carretera invadiendo mi carril de forma temeraria, sin tomar las debidas precauciones, lo que en Puerto Rico llamamos coloquialmente “corte pastelillo”. Por un lado, temo por su seguridad y me pregunto qué tengo que hacer para prepararla lo mejor posible para manejar en unas carreteras donde no siempre podemos anticipar lo que hará el conductor que tenemos al lado. La otra cosa que me cuestiono es cómo hago para que ella no se convierta en esa persona que guía de forma temeraria, poniendo en peligro su seguridad y la de los demás.
Mi forma de guiar ha cambiado a través de los años. Me doy cuenta de que mis hijos no aprenden a manejar el día que les permito estar al volante por primera vez. Ellos llevan muchos años como pasajeros, observando cómo lo hago. Evalúan si sigo las leyes de tránsito, cómo respondo a los demás en la calle, si les doy paso a otros conductores o si decido insultarlos y bloquearles el paso hacia donde van.
Ahora manejo con más cuidado y calma. No les puedo negar que a veces las cosas que pasan en la carretera me hacen perder un poco el control de mis emociones, pero estoy más consciente de la importancia de mi ejemplo, por lo que en ocasiones solo respiro profundo e intento utilizar esa experiencia para enseñarles a mis hijos lo que no deben hacer en la calle cuando estén manejando.
También me aseguro de salir a tiempo a los lugares para llegar a tiempo y, si por alguna razón fuera de nuestro control nos atrasamos, busco la forma de no perder el control de mis emociones y volver a las viejas malas costumbres, ya que nuestros hijos emulan nuestras conductas. Si soy yo quien se come una luz roja, manejo por el paseo cuando hay un tapón y guío de forma temeraria, ¿cómo puedo exigirle a mi hija que lo haga de forma responsable?
También he buscado información sobre cómo enseñarle a manejar responsablemente. Agencias como la NHTSA y el CDC recomiendan que los padres asumamos un papel activo durante este proceso: practicar en distintas condiciones, enseñarles a reconocer riesgos, establecer límites claros y aumentar gradualmente su independencia. Pero una de sus recomendaciones me parece particularmente importante: nuestros hijos aprenden observándonos. Nuestro comportamiento detrás del volante también forma parte de sus clases de conducir.
Todavía nos faltan muchas horas de práctica. Mi hija tiene que aprender a estacionarse, integrarse a carreteras más concurridas, aprender a manejar las intersecciones y aprender a anticipar y responder a los errores que puedan cometer otros conductores. De mi parte, sigo practicando dar el mejor ejemplo posible cada vez que estoy al volante.
Algún día ella manejará sola y mi meta es continuar dando el ejemplo que la ayude a tomar las mejores decisiones posibles cuando yo no esté a su lado.
Entonces, mi pregunta a todos aquellos padres y madres que les están enseñando a sus hijos a manejar vehículos de motor es: ¿Qué ejemplo les estamos dando a nuestros hijos? ¿Qué les estamos enseñando? ¿En qué tipo de conductores queremos que ellos o ellas se conviertan?