Ya estamos en racionamiento de agua. No es la primera vez que hemos pasado por esto como país. Puedo recordar la sequía de 2015, el periodo sin el servicio de agua después del huracán María, hasta la construcción del súper acueducto.
Pero esta vez se siente diferente. Probablemente son las canas y el pasar de los años, pero, por alguna razón, no dejo de pensar en mis hijos. Ya son adolescentes y están en el proceso de planificar y tomar decisiones sobre su futuro. Hablan sobre la universidad y proyectan cómo será su vida.
No les niego que estos temas me causan angustia al observar el estado mundial y la incertidumbre que cada vez se percibe más fuerte. Estas conversaciones también han traído el tema sobre la posible migración de mis hijos a algún otro lugar del mundo. Es algo que nunca pasó por mi mente a su edad. Allá en los años noventa no recuerdo que este fuera un tema de conversación con mis padres o entre mis pares. En aquel momento el camino era más claro. Tú estudiabas duro, entrabas a la universidad, conseguías un trabajo y listo, ya todo está “cuadrao”.
Con su generación la cosa es distinta. Al preguntarle a mis hijos si se visualizan viviendo en Puerto Rico de aquí a los próximos 10 años, hubo silencio y una mirada con tristeza y culpa, como pidiendo disculpas, seguidos de un “no sé”.
Me encantaría que ellos permanecieran en Puerto Rico, trabajando por ellos y su familia. Disfrutando de este paraíso caribeño. Pero cada vez que se va la luz y el agua me pregunto si este es el estilo de vida que quiero en mi vejez. Me pregunto: ¿este es el Puerto Rico que nos merecemos? ¿Este es el Puerto Rico que se merecen mis hijos? ¿Cuál va a ser el Puerto Rico que heredarán mis nietos?
El otro día guié por el casco urbano de Aguada. Estaba por el área oeste y decidí detenerme en los helados chinos antes de seguir para casa de mis padres. Mientras disfrutaba mi helado de maíz con canela (el favorito de mi madre), regresaron tantos recuerdos de mi crianza. Todo lo que estaba observando era tan familiar.
Me remonté a las veces que de niño visité esas mismas calles con mi abuela y padres, el mismo establecimiento de helados, la plaza pública, la iglesia. Recuerdo que tenía que esperar porque se llenara el carro público antes de poder regresar a casa. La tienda de Angelita, donde en los 80 tenían a la venta el Halcón Milenario de Star Wars. Recuerdo algunos de los personajes del pueblo que se pasaban el día en la plaza pública.
Mientras observaba las calles, los comercios y la gente pasar, llegué a la conclusión de que el pueblo parecía estar detenido en el tiempo. Sí, los nombres en las tiendas han cambiado, pero se siente como si nos hubiéramos quedado estancados en los años noventa y, en 2026, probablemente eso no se ajusta a las necesidades de las nuevas generaciones.
Para mí es muy reconfortante revivir en los recuerdos esas memorias y experiencias. Mientras revivo mi pasado, me pregunto: ¿qué ven las generaciones venideras? Probablemente mis hijos y sobrinos se pregunten: ¿qué oportunidades hay aquí para mí?
Entiendo que muchas personas dirán que con mucho esfuerzo y trabajo duro van a poder construir un futuro para ellos y sus familias. Pero ¿qué tanto esfuerzo tendría que hacer para lograr lo mismo que mi generación logró cuando estaba en sus veinte y treinta?
Resulta difícil entender cómo en 2026 podemos hablar de grandes proyectos de desarrollo mientras seguimos enfrentando fallas tan básicas en servicios como el agua y la electricidad. Esto me hace cuestionarme cuál es el mensaje que le estamos enviando a nuestros jóvenes en un lugar que se presenta ante el mundo como un lugar donde puedes disfrutar de todas las comodidades, mientras ellos se bañan con una linterna y tazas de agua.
Mientras pasaban todas esas cosas por mi mente, miraba a mis hijos mientras disfrutaban su helado. Por un segundo me di el lujo de disfrutar solo el momento: tenerlos a mi lado en ese lugar del cual tengo buenos recuerdos. Me puse contento al darme cuenta de que estoy viviendo con ellos experiencias que en algún momento disfruté con mis padres, hermanas y abuela. Sentí cuatro generaciones de la familia conectadas disfrutando de ese momento.
Volví a enfocarme en mis hijos. Puedo entender lo complejos que son los procesos normales de su desarrollo psicológico. Esa búsqueda de identidad y ese reclamo de independencia tantas veces mal entendidos por nosotros los adultos. Al vernos tan alejados de esa etapa de vida, en ocasiones se nos olvida que hace unos años atrás éramos nosotros quienes nos estábamos haciendo preguntas como: ¿quién soy yo?, ¿qué me depara el futuro?, ¿por qué nací aquí? o ¿cuál es mi propósito en la vida?
Toda esta reflexión me llevó a una pregunta que para mí es muy importante. ¿Cómo yo, como su padre, puedo guiarlos para que ellos tomen las decisiones que los acerquen más a la vida que quieren construir? Sobre todo, en un mundo y un país tan distintos a aquellos en los que me crié.
Para esto sigo el ejemplo de mis padres. Ejemplo que he ajustado a mi estilo de paternidad, ayudado por mis conocimientos como psiquiatra. Muestro apertura a sus ideas, planes y sueños. Intento fomentar que sigan desarrollando su pensamiento crítico, que cuestionen, busquen información antes de llegar a sus propias conclusiones. Les aseguro que, no importa dónde decidan formar su futuro, siempre tendrán mi apoyo, con mi expectativa de que tomen decisiones responsables y bien pensadas.
Me encantaría que se queden en su país. Pero que se queden porque tienen las oportunidades que necesitan para vivir una vida plena. No que se queden por obligación familiar, o, para no defraudar a su padre. Que sean los mejores puertorriqueños posibles, no importa si tienen que vivir lejos de esta tierra.
Entonces, sobre la pregunta de si este es el Puerto Rico que nos merecemos o el que se merecen nuestros hijos, pues mi opinión es que no. ¿Qué puedo hacer frente a esta realidad? Seguiré apoyando a mis hijos día a día.
Voy a educarlos para pensar. A que aprendan a adaptarse. Voy a enseñarles a amar su tierra sin sentirse prisioneros de ella. Que, si se tienen que ir lejos para hacer su vida, no se sientan culpables al respecto. Quiero recordarles que las puertas de su país siempre van a estar abiertas si deciden regresar. Y algo que para mí es muy importante: que se sientan orgullosos de ser puertorriqueños cada día de sus vidas, sin importar los retos de su terruño, ni el lugar en donde vivan.