El viaje que mis hijos no querían hacer

El viaje que mis hijos no querían hacer

  • Mario Gonzalez
  • -
  • Aug, 03 , 26

Era una tarde de julio. Estábamos en casa de mis suegros celebrando el cumpleaños de mis sobrinos. Hacía ese calor pegajoso del verano caribeño y, aunque soplaba una brisa, no era suficiente para impedir que las gotas de sudor bajaran por mi mejilla.

La fiesta estaba animada. Había música a todo volumen, la barbacoa estaba encendida y el bizcocho de “Sonic the Hedgehog” adornaba triunfante la mesa principal.

Originalmente, la fiesta iba a celebrarse en casa de mi cuñada, pero se trasladó a casa de mis suegros porque Nina, la abuela de mi esposa, tenía 93 años y estaba delicada de salud.

La celebración continuaba como de costumbre, pero, después de las cuatro de la tarde, los adultos comenzaron a entrar a la casa. Poco a poco, fueron llamándonos a todos, hasta que llegó mi turno.

Entré a la casa y comprendí lo que estaba pasando: Nina estaba llegando al final de su vida. Todos tenían rostros tristes. Nadie estaba preparado para aquello. El ambiente dio un giro de 180 grados. La velada había pasado de ser una celebración a convertirse en una despedida.

Durante los días posteriores a la partida de Nina, Jessika, mi esposa, hacía un recuento de las vivencias que había compartido con su abuela a lo largo de su vida. Me hablaba de las innumerables sopas que Nina le preparaba cuando se enfermaba, de las muchas veces que la llevó a la universidad y de la complicidad que existía entre ellas.

Mientras escuchaba a mi esposa, yo hacía un recuento mental de mi relación con mis abuelos y me preguntaba si estaba fomentando una relación saludable entre mis hijos y los suyos. Recientemente, había estado planificando que mis hijos visitaran a mis padres durante unos días y, para mi sorpresa, recibí resistencia de su parte. Se quejaron de que el camino era muy largo y de que no tendrían acceso a todos sus dispositivos electrónicos. Lo hicieron con tanto drama que solo faltaba una música de violines de fondo para completar la escena.

Cuando los ánimos se calmaron, reflexioné sobre mi propia experiencia con mis abuelos. Solo conocí a dos de ellos. Mi abuela paterna vivía en la casa de al lado y mi abuelo, a unos quince minutos de la nuestra. Recordé que yo también me quejaba cuando íbamos todos los fines de semana a visitar a mi abuelo.

Conservo recuerdos lejanos de los seis miembros de la familia apiñados en un Corolla 0.8 de los años ochenta, de camino a casa de mi abuelo. Mis tres hermanas y yo peleábamos por espacio en el asiento trasero del carro. También recuerdo la travesía durante la temporada azucarera, cuando pasábamos frente a la Central Coloso de Aguada, rodeados de camiones y carretones cargados de caña.

Recuerdo el movimiento constante de las máquinas, los ruidos de la maquinaria pesada, las luces en medio de la noche y el olor a melaza. Siempre he tenido grabada la imagen de aquella garra mecánica levantando grandes cantidades de caña y moviéndolas de un lado al otro. Mi imaginación volaba durante esos minutos.

Los niños y los adolescentes viven mucho más cerca del presente. Para ellos, un viaje largo, varios días fuera de sus rutinas o un acceso limitado a sus dispositivos electrónicos pueden sentirse como pérdidas importantes. Todavía no poseen la misma conciencia que nosotros sobre el envejecimiento y sobre el hecho de que el tiempo es limitado. Por eso, nuestra responsabilidad no consiste en exigirles que comprendan ahora lo que nosotros tardamos décadas en aprender. Consiste en crear oportunidades para que algún día tengan algo valioso que recordar.

Deseo que mis hijos continúen construyendo una relación saludable con sus abuelos. Este vínculo puede aportar mucho a su desarrollo camino a la adultez. Cuando la relación es segura y afectuosa, los abuelos pueden convertirse en figuras adicionales de apoyo, transmitir historias y valores familiares, y fortalecer el sentido de pertenencia de sus nietos.

Por supuesto, el parentesco por sí solo no garantiza una relación saludable. Como padres, también nos corresponde observar que estos encuentros estén marcados por el respeto, el afecto y la seguridad. Nuestra tarea no es solo propiciar que creen recuerdos con su familia, sino también ayudarlos a comprender mejor de dónde viene su padre y cuál es la historia de sus antepasados. Me encantaría que llegue el momento en que comprendan mejor el contexto que dio forma a una parte de mi vida y que, a su vez, influyó en sus propias experiencias durante sus primeros años.

Me alegró descubrir que las protestas se habían transformado en historias nuevas. Diego regresó hablando de la sopa de plátanos que le había preparado su abuela. Valeria regresó contando cómo había convencido a su abuelo, a sus 71 años, de que se lanzara por la chorrera inflable. Yo regresé con la tranquilidad de haberme mantenido firme.

Mis hijos todavía no comprenden por completo el valor de tener a sus abuelos vivos. Yo tampoco lo comprendía cuando peleaba por espacio en el asiento trasero de aquel Corolla. Tal vez mi responsabilidad no sea lograr que lo entiendan ahora. Tal vez sea seguir haciendo el viaje para que algún día tengan sus propias historias que atesorar.

Dedicado a nuestros abuelos y abuelas, por las historias, enseñanzas y recuerdos que siguen formando parte de quienes somos.

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