Hoy vi el cintillo de un estudio que decía: Los padres miran más el teléfono celular durante las comidas que sus hijos. Inmediatamente recordé una escena que presencié hace más de diez años.
Mis hijos todavía eran pequeños cuando decidimos pasar el día en familia por el Viejo San Juan. A la hora del almuerzo entramos a un restaurante lleno de vida. Se escuchaban conversaciones entre amigos, el ruido de los cubiertos chocando con los platos y el movimiento constante de personas entrando y saliendo del local.
En la mesa de al lado se sentó una familia de turistas: padre, madre y dos hijos. Lo que llamó mi atención fue el silencio. No era el silencio tranquilo de una familia disfrutando una comida juntos. Era un silencio extraño. Cada uno estaba pegado a la pantalla de su teléfono celular. Nadie hablaba. Nadie parecía notar lo que ocurría a su alrededor.
Esto ocurrió mucho antes de los videos cortos y de las redes sociales tal como las conocemos hoy. Aun así, aquella escena me impactó tanto que me hice una promesa: nunca iba a permitir que eso ocurriera en mi familia.
Hoy les confieso algo. Esa fue otra de las promesas que no cumplí. La pongo en la misma lista que aquella vez que juré que nunca les compraría nuggets, papitas ni refrescos a mis hijos.
Con el paso de los años descubrí que aquella familia no era tan distinta a la mía. También descubrí que el problema no era únicamente el teléfono celular. El verdadero problema era todo lo que dejábamos de hacer mientras lo utilizábamos.
Los datos sugieren que esta situación es cada vez más común. En este estudio, el 70% de los adultos reportaron utilizar dispositivos electrónicos durante las comidas con sus hijos. Además, el 89% de los padres y madres informaron que al menos una vez al día utilizan el teléfono celular mientras interactúan con ellos.
Pensando en estos datos, puedo recordar muchas ocasiones en las que alguno de mis hijos intentaba contarme algo mientras yo respondía un mensaje, revisaba un correo electrónico o terminaba alguna tarea que en ese momento parecía urgente.
Y aquí vale la pena hacer una pausa.
Muchos de nosotros no usamos el teléfono durante las comidas porque no nos importen nuestros hijos. Lo hacemos porque vivimos ocupados. Porque intentamos responder asuntos del trabajo, resolver problemas pendientes o simplemente buscamos unos minutos de distracción después de un día largo.
Sin embargo, aunque nuestras intenciones sean buenas, la realidad es que la atención dividida tiene consecuencias.
Mientras estamos pendientes a una pantalla, perdemos oportunidades de conexión. No escuchamos con la misma atención lo que nuestros hijos intentan contarnos. A veces respondemos de manera automática o pasamos por alto señales importantes sobre cómo se sienten o qué necesitan.
También perdemos oportunidades para modelar conductas saludables. Los niños aprenden observándonos. Aprenden cómo relacionarse con la comida, con otras personas y con la tecnología viendo lo que hacemos mucho más que escuchando lo que decimos.
Y quizás lo más importante es que perdemos conversaciones.
Durante generaciones, la mesa fue uno de los espacios donde las familias compartían historias, transmitían valores, hablaban sobre los retos del día y fortalecían sus vínculos. Son conversaciones sencillas que rara vez parecen trascendentales en el momento, pero que terminan construyendo recuerdos y relaciones duraderas.
Los investigadores utilizan el término tecnoferencia para describir la interrupción de las relaciones humanas causada por la tecnología. Cuando una pantalla se interpone constantemente entre las personas, disminuye la calidad de la comunicación cara a cara y puede afectar la relación entre padres e hijos. Diversos estudios también han encontrado asociaciones con más conductas externalizantes y mayores síntomas de ansiedad y depresión en los niños.
Entonces, ¿qué hacemos? ¿Botamos todos los dispositivos electrónicos a la basura?
Probablemente no.
La solución no es eliminar la tecnología, sino aprender a utilizarla de forma más consciente.
Algunas estrategias sencillas pueden ayudar:
No se trata de hacerlo perfecto. Se trata de hacerlo mejor.
A veces pienso en aquella familia que observé en el Viejo San Juan hace más de diez años. En aquel momento pensé que el problema eran los teléfonos celulares. Hoy creo que el problema era algo más profundo.
Mientras todos miraban una pantalla, estaban perdiendo una oportunidad de mirarse entre sí.
Nuestros hijos crecerán. Llegará el día en que la mesa tenga una silla vacía porque están estudiando, trabajando o construyendo sus propias vidas. Cuando eso ocurra, probablemente no recordaremos los mensajes que contestamos ni los videos que vimos durante aquellas comidas.
Lo que sí recordaremos serán las conversaciones, las risas, las historias y los momentos compartidos.
Quizás por eso vale la pena guardar el teléfono durante unos minutos.
No porque la tecnología sea mala.
Sino porque el tiempo con nuestros hijos es limitado, y algunas oportunidades de conexión no vuelven a repetirse.