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Todavía estoy aprendiendo a ser padre

Todavía estoy aprendiendo a ser padre

  • Mario Gonzalez
  • -
  • Aug, 29 , 26

Los otros días hablaba con mi hija. Estaba haciendo un intento de entablar una conversación para conocer mejor sus preocupaciones, sus deseos y planes para el futuro. Entre ellas salió la pregunta de si ella se veía teniendo hijos en el futuro. Dentro de esa conversación me hizo la pregunta: ¿Papá, siempre quisiste tener hijos? Durante unos instantes guardé silencio, mirándola fijamente a los ojos en forma de broma. Luego eché una sonrisa y le dije que sí, siempre quise ser padre. Y mirando hacia atrás en mi vida me di cuenta de que era algo que yo comentaba desde adolescente. En esa etapa de mi vida bromeaba con que deseaba tener al menos cinco hijos para crear mi propio equipo de baloncesto. Afortunadamente no fue así, ya que en lo personal entiendo que con dos es suficiente.

Esa conversación con Valeria me llevó a hacer un recuento de todas las experiencias que he vivido en los últimos 17 años de mi vida. En mi opinión, me convertí en padre antes de que naciera mi hija. Aún recuerdo el día que recibí la noticia. Era temprano en la mañana y estaba guiando hacia Mayagüez para ir a las clínicas de psiquiatría de niños y adolescentes. Fue aproximadamente por Ponce donde recibí una llamada de su madre, quien me informó que la prueba casera de embarazo era positiva. Recuerdo la alegría que me invadió en ese momento. También la expectativa de cómo sería ese momento en que por fin iba a conocer a ese ser.

Mirando hacia atrás, decidí ser un padre presente desde antes del nacimiento de mis hijos. Participé de todas las citas prenatales y fui testigo de los cambios que se veían en el sonograma. Me di cuenta de que, en realidad, uno comienza a ser padre antes del nacimiento de sus hijos. Ahí comienza la idea del bebé. Me imaginaba muchas veces cómo sería ese primer encuentro. Muchas cosas cambiaron en mí y algunas de ellas tienen una explicación científica. Mientras continúa la gestación del bebé, en los hombres se dan cambios hormonales y neuroendocrinos. Se reducen los niveles de testosterona y vasopresina, cambios que se han asociado con una mayor implicación posterior en el cuidado de nuestros hijos. A la misma vez aumenta la oxitocina, una hormona relacionada con la formación de vínculos.

Pasaron los meses y llegó el día. Mi hija estaba por nacer. Su mamá se fue de parto y allí estuve al lado de ella durante todo el proceso. Las contracciones cada vez eran más frecuentes e intensas. Fui testigo del esfuerzo de su madre en aquellos momentos y, de repente, ya soy oficialmente padre. Corté su cordón umbilical y escuché su llanto, con la fortaleza suficiente para darle tranquilidad a cualquier padre o madre.

A unos minutos de nacer llegó el momento tan esperado: tuve a mi hija en mis brazos. Fue amor a primera vista. Una emoción a la que no hay palabras que le hagan justicia y que, a la misma vez, me hizo conectar con mi madre, quien al ver mi cara enamorada me dijo: “Ahora sabes lo que nosotros sentimos por ti”. Puedo imaginar toda la oxitocina que estaba fluyendo por mi cuerpo, fomentando el vínculo con mi hija y con mis padres.

Los primeros meses de la paternidad son fuertes para cualquier persona. De repente tienes a otro ser vivo en tu casa que depende de ti en todo momento. Las primeras semanas de vida de Valeria las pasó en mi pecho, mientras yo intentaba atender sus necesidades y fomentar un apego saludable. Hubo momentos bellos, pero también muchos momentos retantes. Cambié muchos pañales, hice muchas botellas de leche, pero siempre estuve allí. Todas esas experiencias marcaron el comienzo del camino en esta travesía de la paternidad. Experiencias claves que cada día me convertían en mejor papá.

Yo no lo sabía, pero mientras evolucionaba como padre, mi cerebro estaba cambiando. Durante esos meses se activó mi red de cuidado en el cerebro. Esas zonas que detectan las emociones y necesidades del bebé —la vigilancia, la alarma ante el llanto— y otras que ayudan a “ponerse en su lugar” e intentar entender qué necesita. Con la práctica, estas zonas trabajan cada vez más conectadas.

Algunas regiones de mi cerebro incluso podían estar reduciendo su volumen, pero eso no necesariamente es algo malo. Lo que estaba ocurriendo era una reorganización del cerebro durante la transición a la paternidad. Algunas de las redes relacionadas con el cuidado se estaban ajustando mientras yo aprendía a manejar los retos de ser padre.

Muchas veces escuchaba las palabras de una de mis mentoras de psiquiatría. Nunca voy a olvidar las palabras de la Dra. Lilian Arroyo: “Mario, una vez seas padre, no vas a dormir igual por el resto de tu vida”. Y tenía razón. La paternidad también puede convertirse en un periodo de vulnerabilidad. La falta de sueño, los cambios de identidad y las nuevas responsabilidades pueden pasar factura, y los problemas de salud mental en los padres no siempre se reconocen.

Ya no solo era Mario, ahora también era el papá de Valeria. Sentí piel de gallina al darme cuenta de las implicaciones de esta responsabilidad. Ya mis decisiones no solo tendrían consecuencias para mí, sino también para mi hija.

Ya han pasado muchos años desde la infancia de mis hijos, pero atesoro todo el tiempo que estuve presente durante esos primeros años de sus vidas. Me gusta pensar que todos esos pañales que cambié, las botellas que preparé y los cuentos antes de dormir ayudaron a construir la relación que hoy tenemos durante su adolescencia. También aprendí que hay muchos libros sobre paternidad, pero cada experiencia es única y hay que vivirla para entenderla.

Ahora esa niña que cargué tantas noches sobre mi pecho es una adolescente y todavía estoy aprendiendo a ser su padre. Pero no solo de ella: también soy papá de Diego, que llegó dos años después. La experiencia con Valeria no me dio todas las respuestas, pero sí me ayudó a enfrentar la llegada de Diego con un poco más de experiencia y confianza. Con él también tuve que aprender cosas nuevas, porque cada hijo es distinto y nos reta de maneras diferentes.

Hoy Valeria necesita otras cosas de mí. Ya no necesita que le prepare una botella, le cambie un pañal o la cargue para dormir. Necesita que la escuche, que trate de entenderla y que, poco a poco, aprenda también a darle el espacio para construir su propia vida. Diego, por su parte, tiene sus propias necesidades, y yo sigo aprendiendo a reconocerlas y a responder a ellas.

Quizás eso es algo que he aprendido durante estos 17 años: uno nunca termina de aprender a ser padre. Nuestros hijos cambian y nosotros tenemos que cambiar con ellos. Las necesidades son distintas, los retos también, pero la responsabilidad permanece. Nuestro trabajo como padres se transforma, pero nunca termina.

 

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