Todos los hijos se quieren por igual. Eso dicen todos los padres cuando intentan explicar las fortalezas y debilidades de sus hijos. Y sí, es correcto, todos amamos a nuestros hijos con la misma fuerza y convicción. Pero algo de lo que me he dado cuenta a medida que mis hijos crecen es que el vínculo con cada uno es único y especial.
Es fácil darnos cuenta de que cada uno de nuestros hijos tiene su personalidad y características únicas. Como padre que ha estado involucrado directamente en cada etapa del desarrollo de mis hijos, puedo ver con claridad sus fortalezas y sus áreas de mejora. Pero, a la vez, tengo que aceptar que, aunque amo a mis hijos con la misma intensidad, cada relación, al igual que sus personalidades, tiene su propia dinámica.
Como se imaginan por el título de este artículo, quiero hablarles de mi relación con mi hija.
Mientras entrenaba para ser psiquiatra hace aproximadamente 17 años, uno de mis mentores me dijo algo que siempre he tenido presente durante la crianza de mi hija. Recuerdo como si fuera ayer que el Dr. Pedro Castaing (padre de hijas) me dijo: “Mario, la relación entre un padre y su hija es clave para la salud mental de una mujer”. Nunca se me borró esa frase de mi memoria, y, a 16 años de haber nacido mi hija, intento ser el padre que ella necesita.
Los datos científicos respaldan lo que el Dr. Castaing me dijo casualmente en aquella ocasión. La ciencia ha demostrado de forma consistente y contundente que una buena relación padre-hija tiene un impacto único en la salud mental y el bienestar. Las hijas que crecen con un padre emocionalmente presente y cercano tienden a tener una mayor autoestima, menos síntomas de depresión y ansiedad, una mayor capacidad para enfrentar dificultades y relaciones afectivas más seguras y sanas en el futuro.
Y, lo que es más importante, es la calidad de esa relación. Si respondemos con calidez a sus emociones, mostramos interés genuino en su vida y les hacemos sentir que siempre tendrán un lugar seguro con nosotros, podemos marcar la diferencia en sus vidas.
Otros datos interesantes son que una buena relación con nuestras hijas también influye en:
Su imagen corporal
Una comunicación que promueva la confianza en sí misma y en sus capacidades ayuda a protegerla de la insatisfacción con su cuerpo y de los problemas alimentarios.
Sus relaciones futuras
Las hijas que tienen una buena relación con su padre tienden a establecer relaciones de pareja más saludables y a tener expectativas más sanas hacia sus parejas.
Su desarrollo físico
La ausencia paterna se ha asociado con una pubertad más temprana en las niñas, lo que puede tener consecuencias para su salud.
Su fortaleza interior
Las hijas con padres presentes desarrollan mayor resiliencia, mayor seguridad psicológica y mayor motivación para alcanzar sus metas.
Muchas veces escuché decir: Los nenes son de mami y las nenas de papi. Eso se puede debatir, porque pienso que lo verdadero es que nuestros hijos e hijas sean ellos mismos, pero es importante que ellos sepan que cuentan con nosotros.
Así que, hombre que me lee, si aún no lo han hecho, les invito a que estén presentes en las vidas de sus hijos e hijas. Porque, aunque no siempre tengamos las palabras perfectas, nuestra presencia puede convertirse en uno de los pilares más importantes de su salud mental y de su vida.