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¿Qué significa ser fanático?

¿Qué significa ser fanático?

  • Mario Gonzalez
  • -
  • Sep, 27 , 26

Los otros días estaba viendo una carrera de Fórmula 1 con mi hijo. Él ha estado muy involucrado en estas competencias durante los últimos años. Era un domingo en la mañana y estábamos sentados frente al televisor. Él, con su camiseta de Red Bull Racing como todo un fanático, comentándome cuál entendía que debía ser la estrategia del equipo para que Verstappen ganara la carrera. Yo intentaba entender ese lenguaje extranjero que solamente un fanático comprometido parece entender.

Mi hijo se ha convertido en fanático de la Fórmula 1 en las pasadas dos o tres temporadas. En ocasiones yo veía las competencias y él comenzó a acompañarme. Pero lo que realmente cambió su relación con el deporte fueron los videojuegos. De la misma forma que yo aprendí sobre fútbol americano y hockey sobre hielo jugando Super Nintendo por horas, él lo ha hecho con el PlayStation.

Diego está en el punto en que reconoce las estrategias de los equipos y las fortalezas y debilidades de los pilotos. Yo me siento a su lado observando cómo vive cada carrera, cada curva y cada intento de obtener una mejor posición. Me explica tecnicismos, detalles sobre las líneas de carrera, la mejor manera de entrar a una curva y hasta del downforce. Mientras intento entender toda esa jerga automovilística, siento alegría de compartir ese espacio con mi hijo. A la misma vez, me llegan recuerdos de experiencias similares con mi padre cuando yo tenía la edad de Diego.

A través de los años me he identificado como fanático de los Blue Jays de Toronto y de los Bills de Buffalo. Dos equipos de lugares bastante distantes de donde nací y me crié. Cuando se lo cuento a otras personas, en ocasiones les resulta curioso. En Puerto Rico es común encontrar fanáticos de equipos de ciudades con una gran presencia puertorriqueña, particularmente los Yankees o los Mets de Nueva York. Yo, por alguna razón, terminé mirando hacia el norte.

Nunca he vivido en Toronto. Tampoco en Buffalo. Realmente no tengo ninguna conexión particular con ninguna de las dos ciudades. Pero cuando intento entender por qué, más de treinta años después, continúo siguiendo a esos equipos, inevitablemente termino regresando a mi infancia.

Los Blue Jays ganaron dos Series Mundiales consecutivas en 1992 y 1993. Era el equipo de Roberto Alomar, un puertorriqueño que para aquel niño que veía los juegos desde Aguada se convirtió en una razón adicional para seguirlos. Todavía recuerdo aquella noche de 1993 cuando Joe Carter conectó el jonrón que terminó la Serie Mundial. Recuerdo estar frente al televisor. Recuerdo la celebración. Pero, sobre todo, recuerdo con quién veía aquellos juegos.

Más o menos durante esos mismos años ocurrió algo parecido con los Bills de Buffalo, aunque con un desenlace bastante menos feliz. Buffalo llegó a cuatro Super Bowls consecutivos y perdió los cuatro. Quizás cualquier persona razonable habría escogido otro equipo después de aquello. Yo me quedé con ellos.

Pensándolo ahora, quizás nunca escogí realmente a Toronto ni a Buffalo. Quizás simplemente aparecieron en el momento preciso, en una etapa de mi vida en la que sentarme frente al televisor a ver un juego también significaba pasar tiempo con mi padre. Con los años se fueron mezclando las cosas: los equipos, los jugadores, las victorias, las derrotas y las personas con quienes las vivimos.

Quizás eso es parte de lo que significa ser fanático.

Y quizás algo parecido está ocurriendo ahora con Diego. Pensar en eso me hizo preguntarme cuánto ha cambiado nuestra manera de relacionarnos con los deportes.

Cada vez que enciendo ESPN o veo algún evento deportivo, encuentro algo que durante mi infancia prácticamente no formaba parte de mi experiencia como fanático. Aparecen líneas, probabilidades, números positivos y negativos, promociones y anuncios que me invitan a apostar por quién ganará, cuántos puntos anotará alguien o qué ocurrirá durante alguna parte del juego. Confieso que muchas veces ni siquiera entiendo qué significan todos esos números.

Nunca he sido una persona interesada en las apuestas. Para mí, buena parte de la diversión de los deportes siempre ha estado precisamente en no saber qué va a ocurrir. En ver cómo un jugador hace algo extraordinario, cómo un dirigente cambia una estrategia o cómo un equipo que parecía derrotado encuentra alguna manera de regresar. Pero hoy las apuestas ocupan cada vez más espacio dentro de esa experiencia.

Y eso me lleva a preguntarme qué ocurre cuando algo que por años hemos relacionado con equipos, jugadores, emociones y recuerdos comienza también a enseñarnos a mirar cada jugada como una oportunidad para ganar o perder dinero. La pregunta me preocupa particularmente cuando pienso en nuestros hijos.

Las apuestas no son nuevas. Lo que ha cambiado es la facilidad con la que podemos acceder a ellas. Antes había que ir a algún lugar o buscar a alguien. Hoy están a unos pocos movimientos del dedo sobre la pantalla del mismo teléfono donde nuestros adolescentes ven deportes, utilizan las redes sociales y pasan buena parte de su día.

Eso resulta particularmente preocupante porque algunos jóvenes son más vulnerables que otros. La impulsividad, las dificultades con el autocontrol, los problemas emocionales, el uso de alcohol o drogas y crecer alrededor de adultos que apuestan son algunos de los factores que debemos tener en cuenta. La relación con la salud mental también puede ir en ambas direcciones. Un adolescente puede utilizar las apuestas para escapar momentáneamente de la ansiedad, la tristeza o la soledad, mientras que las consecuencias de apostar pueden terminar empeorando esos mismos problemas.

Como psiquiatra, eso me preocupa. Como padre, quizás todavía más.

No siempre vamos a saber lo que ocurre en el teléfono de nuestros hijos. Por eso necesitamos hablar con ellos sobre las apuestas, conocer las aplicaciones que utilizan y prestar atención a cambios como una preocupación excesiva por los resultados o las probabilidades, solicitudes de dinero difíciles de explicar, secretividad, irritabilidad o mentiras relacionadas con el dinero y el tiempo.

Y también tendremos que aprender nosotros. Mientras intentamos entender las apuestas deportivas aparecen los mercados de predicción y, más recientemente, el uso de inteligencia artificial dentro de esta industria. Cada vez que utilizamos una plataforma dejamos información sobre lo que hacemos, cuánto tiempo permanecemos conectados y qué logra mantener nuestra atención. Cuando esa capacidad de conocer nuestro comportamiento se combina con una actividad que puede volverse adictiva, creo que aparecen preguntas que como padres y como sociedad tendremos que hacernos.

Pero aquella mañana no estaba pensando en todo eso. Estaba sentado junto a Diego viendo una carrera de Fórmula 1 y, de alguna manera, aquella experiencia me llevaba nuevamente a las noches en que veía deportes con mi padre.

Han pasado más de treinta años desde aquellas noches viendo béisbol. No recuerdo cuáles eran las probabilidades de que Toronto ganara la Serie Mundial de 1993. No recuerdo qué decían los expertos antes del juego ni mucho menos cuánto dinero alguien habría ganado apostando por ellos. Pero recuerdo a Joe Carter y aquel jonrón. Recuerdo a Roberto Alomar. Y, sobre todo, recuerdo estar viendo béisbol con mi padre.

Quizás ahí está parte de lo que me preocupa cuando veo hacia dónde se está moviendo nuestra relación con los deportes. No quisiera que cada jugada tuviera que tener un valor económico para ser importante. Algunas pueden tener un valor completamente diferente.

Algún día Diego tendrá mi edad. No sé si seguirá siendo fanático de Red Bull ni si recordará quién ganó aquella carrera que vimos juntos aquel domingo en la mañana. Probablemente tampoco recordará todas las explicaciones sobre downforce, estrategias y líneas de carrera que intentó enseñarme. Pero quizás recuerde su camiseta de Red Bull, a Verstappen y aquellas mañanas de domingo en las que nos sentábamos juntos frente al televisor a ver una carrera de Fórmula 1.

De la misma forma que, más de treinta años después, yo todavía recuerdo aquellas noches viendo deportes junto a mi padre.

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